ANDRÉS Y ¿EL OTRO?

De nuevo estaba Juan el Bautista en el Jordán, ahora acompañado por dos de sus discípulos (Jn 1,35). Todo parecía tan normal, pero la tarde les tenía guardada una sorpresa. Juan, tal como lo había hecho desde un tiempo atrás, bautizaba a las multitudes y anunciaba la conversión como preparación para recibir al Mesías (Jn 1,23). El día anterior había visto a Jesús, había sido su primer encuentro; hasta entonces no lo conocía (Jn 1,31.33), pero supo que era Él porque vio descender el Espíritu en forma de paloma (Jn 1,32). De repente, en ese nuevo día, sucederá un imprevisto que hará que Juan ceda el protagonismo a sus dos discípulos quienes transformarán su vida gracias a la sorpresa que estaba por llegar. Veamos.

Cuando el Bautista ve pasar a Jesús lo presenta tal como lo había anunciado: “El Cordero de Dios” (1,36). La reacción de los dos discípulos no deja de asombrarnos: después de que escuchan la identidad de Jesús, inmediatamente se deciden a seguirlo. Parece que tenían curiosidad por saber quién era ese Cordero que era de Dios y que tenía la capacidad de quitar los pecados del mundo. Y esa curiosidad hace que se animen a ir detrás de Jesús (Jn 1,37).

A pesar de su curiosidad, no caminan al lado de Jesús ni le dirigen la palabra. Tendrán el primer diálogo hasta el momento en que Jesús se voltea y los ve. Ante la respuesta de Jesús que les interpela sobre qué buscan, ellos se dirigen a Él con la palabra Rabbí (Jn 1,38) que traducido quiere decir “mi maestro”. Hasta este momento, los dos discípulos desconocen la verdadera identidad de Jesús, han escuchado de la boca de Juan que es el Cordero de Dios, pero ellos simplemente lo identifican como su maestro, es decir, como alguien que tiene autoridad para enseñar, alguien que tiene conocimientos para transmitir; reconocerlo como tal indica que ambos consideraban a Jesús como una persona que podía guiarles o instruirles. Estaban dejando de ser discípulos de Juan para transformarse en discípulos de Jesús. Sin embargo, para ser sus discípulos no bastaba con elegir al maestro, tal como era la costumbre de la época; seguir a Jesús requiere otras condiciones.

Los discípulos le interrogan “¿dónde vives?” (1,38). O con traducción más literal: ¿Dónde permaneces¿Dónde está tu lugar o morada permanente, lo propio tuyo, para que podamos ir allá? Jesús les respondió: “vengan y lo verán”. Contrario a la respuesta teórica que podría esperarse de un maestro, Jesús les invita a ir al lugar y verlo. La fórmula se repite en la conclusión del segundo relato de vocación, el referente a Natanael, donde al final se dice: verás cosas mayores (Jn 1,50). Así pues, el contenido del venir es ver; venir es un entrar en un ser visto por Él y en un ver con Él. Donde Él permanece, está abierto al cielo, el espa­cio oculto de Dios (Jn 1,51); allí se encuentra el hombre en la luminosidad de Dios. El venir, y sólo el ve­nir, lleva al ver.

Ellos se animan a seguirlo, aceptan la invitación de Jesús y permanecen con Él el resto de aquel día. El Evangelista tiene el cuidado de señalar el momento en el que se encontraron, era la hora décima (Jn 1,39) que en nuestro tiempo serían las cuatro de la tarde. En realidad se trata de una hora bastante avanzada, debemos recordar que en el mundo judío la mayoría de las actividades concluyen un poco después de esta hora. Es el momento de terminar la jornada. Sin embargo, Jesús invita a los discípulos a iniciar una nueva empresa en el momento donde el resto de las personas están concluyendo sus tareas. ¡Qué locura! Pero es algo tan fascinante que los discípulos le toman la palabra y se atreven. Descubren que para seguir a Jesús nunca es tarde, Él trae consigo la fuerza y el entusiasmo para reiniciar a pesar de ser tan tarde.

La reacción de Andrés es un ejemplo para cualquier misionero. Después de haber estado con Jesús, tan pronto como encuentra a su hermano Simón le anuncia lo que han hallado. ¡Es el Mesías! le dice (Jn 1,41). Vaya que hubo una transformación en Andrés, sin lugar a dudas haber permanecido con Jesús le cambio su percepción; si el día anterior lo había identificado como su maestro, ahora lo reconoce como Mesías, es decir, el Cristo, aquel en quien se cumplían las promesas del Padre, es el salvador del mundo, el rey que vendría a restaurar a su pueblo. El reconocimiento de la identidad de Jesús cambió radicalmente, logrando comprender que el hombre que les había invitado a ver donde se quedaba en realidad era quien habían estado esperando. ¡Qué emocionante debió haber sido toparse con Aquél que había sido anunciado durante tanto tiempo!

Andrés, entusiasmado por haber encontrado al Cristo, no se limita con darlo a conocer. Expresamente toma consigo a Simón y lo lleva con Jesús (Jn 1,42). Es fascinante que cuando Jesús lo ve, logra reconocerlo sin necesidad de ser presentado. En efecto, el Evangelista ha tenido el cuidado de señalar este mirar con el verbo griego “blépo” que en español se traduce como “ver”, pero que en griego tiene un sentido más profundo. Este verbo es diferente al que utilizó el Evangelista cuando Jesús invitó a los discípulos a ver dónde se quedaba; ahí se sirvió del verbo griego “horáo” que también se traduce como “ver” pero para referirse al ver de los sentidos, mientras que “blépo” es utilizado para indicar la capacidad de alguien que logra ver una realidad que va más allá de lo que puede verse con los ojos.

La visión señalada con el verbo “blépo” permite encontrar el significado trascendente y darse cuenta de la verdadera esencia de las cosas o personas. Y precisamente eso es lo que quiere describir el Evangelista cuando Jesús se encuentra con Simón: a pesar de ser la primera vez que se conocen, Jesús ve (blépo) a Simón y logra identificar quién es realmente, por eso le dará un nuevo nombre, uno que tenga relación con su identidad. A partir de ese momento se llamará Pedro (Jn 1,42). Recordemos que en esa época el nombre que se le daba a una persona no estaba determinado por una moda o por una bella sonorización; el nombre tenía implicaciones existenciales, estaba relacionado con su esencia, conllevaba la misión de la persona. Así, cuando Jesús nombra a Simón como Pedro, en realidad le está indicando cuál es su nueva identidad y la misión que realizará.

En este pasaje evangélico hay algunos aspectos que pueden ayudar a profundizar en nuestra vocación misionera. En primer lugar se subraya la necesidad de ver (horáo) a Jesús con nuestros propios ojos. Éste es el paso inicial para ser misionero. Verlo, sin importar que lo consideremos como un maestro, un héroe, un líder o con cualquier otra concepción que tengamos sobre Él; pero después es necesario ir al lugar donde está y permanecer con Él. Ésta es la manera como se podrá ver (blépo) quién es realmente, sólo así se le identificará como el Mesías.

Haber estado con Jesús y haberlo reconocido como el Mesías, no puede dejar en la indiferencia a ninguno. Así como Andrés se entusiasmó y fue a anunciar que habían encontrado al Cristo, de igual manera, la reacción de quien logra reconocer la identidad de Jesús es proclamarlo y después llevar a otros para que también se encuentren con Él. El misionero se preocupa por anunciar al Mesías, pero su tarea no termina ahí, también se empeña en que otros lo encuentren y lo reconozcan.

Y eso no es todo. Falta un detalle muy sugestivo. El Evangelista especifica que uno de los dos discípulos era Andrés, el hermano de Simón Pedro (Jn 1,40). Sin embargo, el nombre del otro discípulo no se menciona. ¿Quién puede ser? Difícil pensar que el Evangelista haya olvidado mencionar el nombre de este segundo discípulo; de igual manera, es poco probable que lo desconociera; es preferible pensar que intencionalmente lo deja en el anonimato, pero ¿con qué propósito? Tal vez nos está invitando a cada uno de nosotros a tomar su lugar, nos incita a atrevernos a seguirlo y quedarnos con Jesús una jornada para ver dónde se queda. Y entonces ser capaces de reconocerlo como el Mesías. Así, al ser testigos de primera mano estaremos preparados para anunciarlo y llevar a otros a Él. ¿Nos arriesgamos a aceptar su invitación para ir, ver y permanecer con Él? Si a Simón le puso el nombre de Pedro para indicarle su misión, a nosotros ¿qué nombre nos dará?

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