Invocación

Espíritu Santo, por los méritos de Jesucristo y la intercesión de la Santísima Virgen María, te suplicamos que vengas a nuestros corazones y nos comuniques la plenitud de tus dones, para que, iluminados y confortados por ellos, vivamos según tu voluntad y, entregados a tu amor, merezcamos cantar eternamente tus infinitas misericordias. Por Cristo, nuestro Señor.

Amén.

Lectura del santo evangelio según san Lucas (21, 5-19):

En aquel tiempo, como algunos ponderaban la solidez de la construcción del templo y la belleza de las ofrendas votivas que la adornaban, Jesús dijo: “Días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están admirando; todo será destruido”.

Entonces le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo va a ocurrir esto y cuál será la señal de que ya está a punto de suceder?”.

Él les respondió: “Cuídense que nadie los engañe, porque muchos vendrán usurpando mi nombre y dirán: ‘Yo soy el Mesías. El tiempo ha llegado’. Pero no les hagan caso. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, que no los domine el pánico, porque eso tiene que acontecer, pero todavía no es el fin”.

Luego les dijo: “Se levantará una nación contra otra y un reino contra otro. En diferentes lugares habrá grandes terremotos, epidemias y hambre, y aparecerán en el cielo señales prodigiosas y terribles. Pero antes de todo esto los perseguirán a ustedes y los apresarán, los llevarán a los tribunales y a la cárcel, y los harán comparecer ante reyes y gobernadores por causa mía. Con esto darán testimonio de mí. Grábense bien que no tienen que preparar de antemano su defensa, porque yo les daré palabras sabias, a las que no podrá resistir ni contradecir ningún adversario de ustedes. Los traicionarán hasta sus propios padres, hermanos, parientes y amigos. Matarán a algunos de ustedes, y todos los odiarán por causa mía. Sin embargo, no caerá ningún cabello de la cabeza de ustedes. Si se mantienen firmes conseguirán la vida”.

Palabra del Señor

Meditación

Jesús pronuncia en el capítulo 21 del Evangelio según san Lucas, como lo hará también en los otros dos evangelios sinópticos, lo que se conoce como el “discurso escatológico” sobre el fin de los tiempos, justo antes de su pasión. En la pedagogía de Lucas, se trata de la última enseñanza pública del Maestro antes de comenzar el relato de los preparativos para la última cena. Jesús, consciente de que el anuncio del Reino, con palabras y obras, ha generado un descontento cada vez más abierto en los líderes políticos y religiosos, se reserva para esta “hora penúltima” una última predicación carga de esperanza y aliento frente al horizonte oscuro que se cierne sobre Jesús mismo, y todos aquellos que creen en él. Se trata de un discurso cuya versión más primitiva está en el Evangelio según san Marcos, al cual Lucas sigue en estructura y contenido. En varios puntos, sin embargo, se percibe un tono distinto, consecuencia de un contexto histórico distinto. Lucas, a diferencia de Marcos, escribe cuando el Templo y la ciudad de Jerusalén han sido destruidos en el año 70 por Tito. De cara a la catástrofe histórica, Jesús predica una vez más palabras de consuelo y esperanza, propio de los textos de carácter apocalíptico: la destrucción, el llanto y la persecución no son el final de la historia, pues al final siempre estará Dios, dispuesto a dar vida a quienes se conservan firmes.

La primera parte del texto que hemos escuchado habla concretamente sobre la destrucción del Templo, y el pretexto es que, mientras Jesús continúa sus enseñanzas en el Templo, algunos de los oyentes dan muestras de admiración por la armonía de su estructura y la belleza de su ornamento. Se trata de un tema de especial importancia en Lucas, quien presenta a Jesús predicando exclusivamente en el Templo cuando se encuentra en Jerusalén. Contraponer la predicación de Jesús con la destrucción del Templo es ya un signo notable: cuando llegue el tiempo en que “no quede piedra sobre piedra” de toda la belleza de la construcción, la Palabra de Dios, encarnada en Jesucristo, permanecerá firme.

La segunda parte del discurso es motivado por una de las inquietudes más persistentes: “¿cuándo sucederá todo esto?” Jesús afirma que aparecerán falsos profetas que, en su nombre, profetizarán guerras y revoluciones, naciones que se alzan unas contra otras, y cataclismos de la naturaleza. En tiempos de Jesús muchos se adjudicaron el título de Mesías, y una manera de ganar gente para su causa era el anuncio de que el final estaba cerca, y que se vería plasmado ya en catástrofes naturales, ya en conflictos bélicos. No así Jesús, para quien la violencia no puede ser el horizonte de la instauración del Reino. Todo lo que se menciona en el texto es, en efecto, parte de la historia, pero no es el final de la historia. Más adelante en este mismo capítulo (vv.25-36), se distinguirán claramente que el signo del fin del mundo no es sino la venida del Hijo de hombre. San Lucas pone en labios de Jesús un mensaje importante, tanto para su época como para la nuestra: “que no los domine el pánico”. Sabremos que es Dios quien habla cuando no nos induzca al temor, sino a la esperanza.

Si bien el discurso ha versado hasta ahora sobre el Templo (con todo lo que éste simboliza) y su destrucción, en un punto Jesús advierte a sus interlocutores de algo que también les debe tener vigilantes: la persecución que tendrán que afrontar sus seguidores antes de que llegue el “fin”. Pero, de nueva cuenta, sus advertencias se convierten en promesa de victoria. La descripción que hace Jesús de la futura persecución de los suyos la presenta como procedente del ámbito judío y del mundo pagano, tanto en las sinagogas como en las cárceles, y ante reyes y gobernadores. Y todo sucederá a causa de “su nombre”. Esas persecuciones serán para los discípulos de Jesús la ocasión de “dar testimonio” de que son auténticos cristianos. Jesús advierte a sus seguidores que la persecución vendrá no sólo de la autoridad externa, judía o pagana, sino incluso de su gente. Miembros de sus propias familias, y hasta buenos amigos, se volverán en su contra por llevar el “nombre” de Jesús. Pero la exhortación de Jesús contempla una nueva victoria de sus seguidores, que se expresa en un proverbio: “no caerá ningún cabello de la cabeza de ustedes”. Aquellos que permanezcan firmes, no en el temor, sino en la esperanza, serán semilla sembrada en terreno fértil, capaces de producir una cosecha abundante, es decir, vida para muchos.

Contemplación

Hermanos, en tiempos de Jesús muchos quisieron ver el “final” en los signos de violencia, pánico, muerte y destrucción. Sigue siento tal vez una tentación de nuestros tiempos ver en la violencia, la marginación, el hambre y la pobreza extrema la fatalidad de la historia. Pero nosotros estamos llamados a contemplar el mundo desde los ojos de Cristo, que supo lamentarse por todo aquello, pero sin perder la mirada del único y verdadero horizonte de la salvación: el amor de Dios, que es capaz de engendrar vida en medio de un mundo de muerte. Que nosotros también seamos capaces de esperar en ese Dios que nos reveló Jesucristo, y que trabajemos cada día por ser signo de vida y salvación para aquellos que viven asolados por el dolor.

Oración final

Te damos gracias, Señor, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones que nos has concedido en este momento de meditación y reflexión. Te pedimos tu ayuda para poner por obra lo que has sembrado en nuestros corazones.

Amén.

Por:
Fr. José Jaime Pérez Lucio, OP

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