Invocación

Ojalá, Señor, te llegue mi voz. Aquí estoy. Sin grandes palabras que decir, sin grandes obras que ofrecer, sin grandes gestos que hacer. Solo aquí, solo, contigo. Recibiré aquello que quieras darme: luz o sombra, canto o silencio, esperanza o frío, suerte o adversidad, alegría o zozobra, calma o tormenta, y lo recibiré sereno, con un corazón sosegado.

Amén.

Lectura del santo evangelio según san Mateo (13, 42-52):

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo. El que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va y vende cuanto tiene y compra aquel campo. El Reino de los Cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una perla muy valiosa, va y vende cuanto tiene y la compra. También se parece el Reino de los cielos a la red que los pescadores echan en el mar y recoge toda clase de peces. Cuando se llena la red, los pescadores la sacan a la playa y se sientan a escoger los pescados; ponen los buenos en canastos y tiran los malos. Lo mismo sucederá al final de los tiempos: vendrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los arrojarán al horno encendido. Allí será el llanto y la desesperación. ¿Han entendido todo esto?». Ellos le contestaron: «Sí». Entonces Él les dijo: «Por eso, todo escriba instruido en las cosas del Reino de los cielos es semejante al padre de familia, que va sacando de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas».

Palabra del Señor

Meditación

Hoy vamos a reflexionar sobre dos parábolas que sin lugar a dudas podemos llamar “Parábolas de la Alegría”.

La primera parábola es la del tesoro escondido. La parábola está ambientada en un lugar donde las guerras eran numerosas y el vandalismo era un constante peligro. Por esta razón, muchos preferían enterrar sus posesiones más valiosas (oro, plata, joyas…) para tenerlas seguras. El entierro proveía la mayor seguridad, pero no ofrecía garantías fiables porque quien enterraba sus objetos preciados podía morir llevándose a la tumba el secreto de su escondite. En otras ocasiones acechaban peligros que obligaban a huir a lugares lejanos y, al no tener posibilidades de regresar, se perdía por completo el tesoro oculto.

La segunda parábola es la de la perla. Por una parte, la parábola nos recuerda que desde antiguo esta joya ha sido considerada como uno de los bienes más preciados. No sorprende, por tanto, que el comercio de perlas siempre haya sido muy lucrativo. Lo que desconcierta de la parábola es que el mercader no haya comprado este objeto para revenderlo más adelante. Él quiere la perla por el placer que le da tenerla entre sus manos. Quizá algún día tenga que venderla, pero podemos suponer que será por una necesidad extrema y que lo hará contra su voluntad.

Estas dos parábolas muestran que el hombre del campo y el mercader actúan movidos por la alegría que brota desde las entrañas más profundas de su ser. Ellos no venden sus posesiones porque estén obligados a hacerlo, al contrario lo hacen porque lo exigen sus corazones. Parece increíble que no se hayan puesto tristes por vender todo lo que tenían y que habían adquirido con sacrificio y dedicación. Ellos van detrás de lo que han descubierto sabiendo que encontrarán su verdadera felicidad. Su actuar es completamente opuesto al del joven rico que se fue muy triste porque no se atrevió a dejar sus posesiones. Estos dos hombres fueron como los discípulos que dejaron todo para seguir a Jesús. Nos enseñan, por tanto, que quien encuentra el Reino de los Cielos es muy feliz. 

Hoy podemos preguntarnos ¿existe en nosotros un deseo similar por “adquirir” el Reino de los Cielos? ¿Irradiamos la alegría de ser los herederos del campo con el tesoro? En relación a esta alegría también podemos preguntarnos ¿cuántas horas hemos reído a lo largo de nuestra vida? ¿Hemos reído lo suficiente? Recordemos que también con la alegría se alaba a Dios. 

Tal vez, durante estos días, podamos proponernos hablar de Jesús enfatizando bien la alegría. No podemos olvidar que se trata de proclamar Buenas Noticias en lugar de malas.

Oración final

Sal 22,23-26.

Proclamaré tu nombre a mis hermanos;
te alabaré en medio de la asamblea:
«¡Cuantos temen al Señor, alábenlo!
¡Descendientes de Jacob, proclamen su gloria!
¡Descendientes de Israel, témanlo!».

Porque él no desprecio el sufrimiento del pobre
ni le tuvo aversión;
no dejó de prestarle atención
y lo escuchó cuando clamaba a él.

Amén.

Producción de audio y Voz:
Hno. Eder Oswaldo Triana Alcocer.

Por:
P. Antonio G. Escobedo Hernandez, Cm.
Hno. Eder Oswaldo Triana Alcocer.

Archivos para descargar:
Mp3: Missio lectio – XVII Domingo Ordinario.mp3
PDF:Missio lectio – XVII Domingo Ordinario.pdf

Música:
Aves enjauladas – Rozalén.
Distant Fortune – Daniel Kadawatha.
Yellow Hills – Daniel Kadawatha.

Contacto:
missiodigital@gmail.com

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